La arquitectura islámica es un fenómeno complejo que se desarrolló a la par de la expansión del islam, religión surgida en el siglo VII. A medida que la civilización islámica se extendió y conquistó nuevas ciudades, su arquitectura fue enriqueciéndose con elementos formales arquitectónicos de distintas culturas, entre los cuales destacan elementos de la arquitectura griega, romana, bizantina y persa. Asimismo, la religión islámica evitó la representación de personas y animales, sobre todo en contextos religiosos. Bajo esta idea, la arquitectura ocupó un lugar central en el arte islámico, destacando sobre todo la riqueza ornamental. Entre los elementos formales que caracterizan la arquitectura islámica se encuentran:
La arquitectura neoislámica surgió de la corriente llamada arquitectura historicista, la cual se desarrolló en Europa entre mediados del siglo XVIII y principios del XIX, como parte del movimiento del Romanticismo. Este último representó, a su vez, una reacción frente al estilo neoclásico, muy ligado a las ideas racionales de la Ilustración. Aunado a lo anterior, la arquitectura neoislámica también se originó de una mezcla de la fascinación europea por el Oriente islámico y la apropiación cultural de dicha región impulsada por el imperialismo, siendo desprendida de su contexto religioso original y empleada en otras funciones. En este proceso, se idealizó tanto el pasado medieval como al mundo islámico. Durante la Edad Media, Europa y el islam estuvieron en contacto constante —a veces en conflicto, otras en intercambio—, lo que alimentó esa visión romántica y orientalista que más tarde se transformó en arquitectura.
La arquitectura historicista europea llegó a América por distintos medios, como las Exposiciones Universales, los catálogos de arquitectura, las pinturas, la literatura y, por supuesto, los propios arquitectos. En México hubo factores específicos que facilitaron su introducción y adopción. Un ejemplo importante fue la labor del arquitecto mexicano Eduardo Tamariz, quien estudió en Europa y viajó a Oriente y el Norte de África, y después, en la década de 1880, introdujo a la Ciudad de Puebla las primeras obras de estilo neoislámico. A esto se sumaron la inmigración extranjera de turcos, libaneses y sirios, así como la circulación mundial de ideas orientalistas que difundieron modelos arquitectónicos inspirados en la cultura islámica y despertaron el interés por asimilarlos en nuestro país.